Buscando a Escif a plena luz de noche

Imagen de Joe Casarrubios

Armado únicamente con una vieja videocámara, como si del mismísimo Mr. Brainwash se tratase, este periodista de callejón se lanza a la calle pasada la una de la madrugada. Objetivo: cazar a Escif en acción, a plena luz de noche.

De un tiempo a esta parte proliferan en los desconchados muros del barrio antiguo de Valencia unos enigmáticos dibujos a tamaño natural que muestran la realidad como no lo hacen los diarios. Hijo directo del sucio grafitti, el street art es mucho más que eso, es un trallazo de verdad escupido a tu atónita cara rellena de perplejidad. El más esclarecido de todos los artistas es sin dudas Escif, y tengo la suerte de que pinta al lado de mi casa.

Dada de mi condición de veterano padre de familia, la una de la madrugada se me antoja ya una hora ciertamente molesta, pero me pica la curiosidad de saber qué lleva a este hombre a cargar con botes de pinturas, pinceles, sprays, escaleras y demás artefactos del oficio de pintor a cambio de nada, por el simple placer de contarnos su versión de la jugada y además, desafiando a la policía.

Salgo de casa y alcanzo rápidamente una calle repleta de paredes propicias. Y hay más grafitteros pintando en ella que parados en la lista del INEM. Empezamos mal, mi videocámara no gusta y no tardo en recibir miradas de reprobación. Salgo raudo de la situación comprometida y sigo buscando a Escif. Hasta ahora sólo encuentro majaderos poniendo su nombre en fea caligrafía con colores chillones y ensuciando paredes que no tocan.

En 2005 el street art saltó a las primeras planas de todos los periódicos internacionales. Burlando el control de los soldados, Banksy, un artista británico de identidad desconocida desafió al poderoso ejército israelí plasmando con sus deslumbrantes dibujos la vergüenza provocada por la construcción del muro que partía en dos Cisjordania. Gracias a gente como ésta y ya que está visto que es inevitable que toda la ciudad esté pintarrajeada de arriba abajo, al menos ganamos en belleza, ya que hemos pasado de pintadas post transición del estilo de “Vómitos del mundo uníos y ahogad en bilis pura a los constructores de futuro”, ontológicamente impecables pero de escaso poder gráfico, a bellas imágenes que podrían acampar en cualquier galería de arte de las autodenominadas serias.

Cuando compruebo que el anonimato es tan necesario para un artista callejero como su spray, guardo la cámara en la funda y pongo fin a mi aventura de una noche, frustrado por no haber tenido éxito en mi búsqueda de documentar en vídeo el arte callejero, pero sabiendo que a la mañana siguiente me daré de bruces con un nuevo dibujo del escurridizo  Escif, que me alegrará el día y excitará mi anodina conciencia.

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