Llovían olivas

Imagen de Ana Montserrat

T, J y A se fueron al Delta a recoger olivas. Llovía  a catarros, los olivos se emborrachaban, la noche era negrísima, la casita blanquísima, la paz muy densa y las mantas triples. Llovía a pares. Toda la noche. A amaneció en el Titanic. La cama naufragaba. Llovía a chorros, a cuatro chorros en su desnuda habitación. Pero no había olas. No había glaciar. No había Leonardo. No había electricidad. No había nada más que agua y una cama-isla. T, J y A tomaron café, hablaron de arquitectura, de la crisis y del silencio nocturno. Después lo secaron todo, pusieron cubos, muchos, se comieron un arroz, buenísimo, y llamaron a X, el paleta. X vino a calibrar el desastre y les contó que las comuniones habían subido mucho de precio, como lo de arreglar techos. Llovía a puñales dentro y fuera de la casa. Fumaban todos. Hablaban todos. Se resfriaban todos. El vaho se mezclaba con el humo y los euros. J opinaba que los parches son baratos pero son chapuzas, que lo barato sale caro. T opinaba que lo caro también sale caro. Al final ganó la opción de siempre. T le dijo a X “mándame dos presupuestos, el de la ñapa y el de hacerlo bien, pero ya te digo que sólo tengo pasta para la ñapa”. X volvió a su sábado en furgoneta. T, J y A volvieron a su ciudad en coche. Llovía a pañales pero ya sólo fuera. Surcaban una verbena de luces rojas, flashes blancos, camiones y leds borrosos. T conducía con todas las gotas puestas porque T suele viajar en moto y en moto se conduce a través de la lluvia y sin parar las brisas. J y A medio callaban su miedo. T estaba enfadado porque los parches de techo estaban muy caros. Lo de las comuniones le daba igual. Llovía y llovía sobre cabreado. T, J y A rodaban entre piscinas de asfalto hasta que sucedió lo inevitable, de un volantazo esquivaron un cono bien fluorescente y un metro después, dejó de llover. Así, en un segundo, al cruzar el borde de una nube, a lo final de Blade Runner. El miedo se confesó y se diluyó.  Las goteras se relativizaron. El productor, desde las Bahamas, había conseguido imponer su final feliz. T, J y A, muy vivos, sin olivas y con los huesos regados llegaron a sus casas, las amaron más que nunca, adoraron sus techos, compadecieron todavía más a los desahuciados y se cambiaron de zapatos. Allá en el delta del Ebro, los olivos, borrachísimos ya, dejaban caer sus olivas ellos solitos, sin necesidad de apaleamiento ninguno. Llovían olivas, olivas que no se perderán como lágrimas en la lluvia, "of course".

 

Nota: en el viaje de regreso, entrando en las luces secas de la ciudad, T le había pedido a A un post sobre G, el hermano de A, pero el post que salió de A fue sobre la lluvia. G es la persona más buena que A ha conocido. G es probablemente la única persona que lloró porque los reyes eran sus padres, porque no quería cambiar de padres. A G le gusta la lluvia, la disfruta y la respeta, como hace con todo y todos, aunque a veces lo explique muy largo. G hace películas muy raras. G le enseñó a la niña A a tomar duchas de lluvia con ropa y sin ropa. Pero a A se le ha olvidado un poco, sólo un poco. En verano A lo intentará de nuevo y se lo hará saber a G, cuando esté menos ocupado arreglando el techo de su casa que también se cae en estos días, como tantos otros de la puerta de Tannhauser.

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